La bailarina y el poeta

Ella escribía la distancia que separaba sus pies descalzos de las manos de él. Él bailaba con palabras atado a la cintura de ella.

Eran cadencia de danza y escritura. De armonía y verso. De baile y poesía. Cada movimiento les unía más, o les separaba en mitad del ritmo frenético de las letras de un poeta.

¡Quisieron escribir el baile juntos para siempre! Pero, la danza de ella y la obra de él, tenían… ¡Partituras tan dispares de componer! Que así, en una endeble coreografía, él condensó el frenesí que le inspiraba su mundano cuerpo sensual.

Supieron que llegaron muy lejos, que nunca debieron de hacerlo. Cuántas veces intuyeron que la embriaguez no les permitiría una aventura, porque sus pasiones les enloquecían y el éxtasis sería, eternamente, ese lenguaje con el que expresaban su lujuria interior.

Por eso jamás dejaron de creer que el baile y las palabras surgidas del alma eran el deseo oculto de Dios. Pero ellos, ellos no eran dioses. Eran humanos en busca de la imperfecta perfección.

Una, bailarina de la vida. El otro, poeta sin remisión.

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