Brazos del Tiempo

Ella se atrevió a llorar sin lágrimas. 

Probablemente él nunca la buscó.

Probablemente ella tampoco a él. 

Pero, ¡ay Dios, cómo le echaba de menos

cuando rozaba los brazos del tiempo!

Cuando miraba que el espacio llegaba al final de su hora,

aferrándose a las manos del renunciar.

Y cuando creía en la posibilidad de acariciar imposibles.

Y era entonces, solo entonces, cuando caía en la probabilidad

de encontrarse con el juicio en los confines de la inmortalidad.

 

 

Ana Lesman

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