Centímetros de alma

Un acto de Dios, invisible a otros ojos que no sean los del corazón, es lo que sobrevive cuando nos arrancan de raíz aquello que fue sembrado para caminar la tierra sin importar el lodo.

Es como mirar al cielo ¡siempre hacia abajo! Siempre negándome a discernir que tu ser se apaga más eternamente me alumbrará su llama.

Porque yo juro que no amé tu cuerpo, ¡no! Yo amé cada centímetro de tu alma. Delicada conciencia que se lastima cuando deja de sentirte cerca, aun a sabiendas de que jamás podrá ella sentarse a tu vera.

Solo queda resignarse viendo transcurrir el tiempo a medias, en penumbra, agonizando en un ocaso que se retrasa, que no llega.

¡Desgarradora cordura que castiga a la desalmada pena!

Hasta que por fin, en esta descerebrada locura, reparas que la vida no pide permiso ni licencia. Que a su antojo te roba, te destroza, que tú suplicas pero ella no escucha. No tiene vida.

Y arrebata sin miramientos lo que más amabas. Lo que más querías. Es entonces que el dolor se llena de cicatrices, mientras impasible contemplas como tu mundo de luz, de su “luz”, desecho y roto, y desolado se vacía.

5 comentarios sobre “Centímetros de alma

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